|Reconstruyendo la verdad histórica. Guayaquil fue independiente sin la ayuda de otros libertadores. Su libertador fue José Joaquín de Olmedo. Aquí un análisis del historiador José Antonio Gómez Iturralde.|

El pensamiento liberal, republicano ilustrado de Olmedo es el antecedente de la revolución del 9 de Octubre de 1820. Pues, al revisar su discurso sobre la abolición de las Mitas pronunciado en las Cortes de Cádiz en octubre de 1812, encontramos que en sus fundamentos están las raíces que nutrieron nuestra idea de libertad. En este expresa con claridad meridiana los ideales que estampó en el acta de la Independencia y en el Reglamento Provisorio de Gobierno de la Provincia Libre de Guayaquil.

Habla de respeto al prójimo, de libertad económica e iniciativa privada, de sociedades libres, de ciudadanía responsable, de educación como fundamento de superación y progreso, de revolución social, libertad de comercio y de vida pacífica entre los pueblos. Esto solo puede venir de la mente de un apasionado por la libertad y la autonomía, del prócer ilustre que concibió, fundamentó y lideró la independencia del Ecuador.

El doctor Aurelio Espinosa Pólit dice: “Hay en José Joaquín de Olmedo como dos personajes con dos enfoques posibles, el que le considera como prócer de su patria ecuatoriana, y el que ve en él al hombre de América. A su patria se debe y pertenece como el primer ecuatoriano que legítimamente gobernó un jirón del territorio nacional independizado; le pertenece como el hombre público hacia el cual, por espacio de un cuarto de siglo, se volvieron constantemente los ojos de todos para un sinnúmero de cargos oficiales, nunca por él apetecidos y desempeñados siempre con máximo desinterés y máxima pulcritud”.

“A América pertenece por haber sido su voz en una hora decisiva, por haber recogido su aliento unánime y dádole expresión en la gloria y trascendencia del canto con que ella, a la faz del mundo, lanzó su grito libertador, su enfática proclama, su constancia jubilosa de que entraba en una fase nueva, divisoria de sus destinos, en la vida independiente de naciones, dueñas en adelante de su autonomía soberana y de su porvenir”.

Olmedo hizo gala de su ilustración liberal republicana en las Cortes de Cádiz, y pese a que su pensamiento no se aparta de idealizar la independencia y la autonomía para su patria, asiste a las Cortes en plan de defensor del indígena, como negociador de facilidades para las colonias, y paladín de la libertad de comercio. Es decir, como un diputado que persigue la implantación de una legislación adecuada para progresar social y económicamente. Su pensamiento liberal lo induce a interpretar conceptos inmanentes al hombre, sus derechos y libertades: “Para mí no son sabias las leyes que proponen el benéfico fin que se proponen, para mí no son sabias sino las leyes que hacen felices a los pueblos”.

Esto nos muestra la magnificencia de su elevado espíritu, que estuvo presente al concebir leyes y reglamentos que orientaron a la Provincia Libre en sus primeros momentos, manteniéndose activo en la vida política ecuatoriana mientras vivió.

Para llegar a una interpretación correcta de la revolución del 9 de Octubre de 1820, debemos considerar un marco mucho mayor que las visiones simplistas de la Fragua de Vulcano y el baile de Isabelita Morlás, a las que recurren los narradores, mas no los historiadores. No es posible que ocurra una transformación o revolución socio-política aislada o desvinculada del mundo, por tanto podemos afirmar que, al igual que toda la independencia americana, la de Guayaquil, es también consecuencia de las tendencias mundiales de la época, como la Revolución Francesa y la lucha de Inglaterra, Francia y Holanda contra España por el dominio del mar y las rutas comerciales.

España tuvo a su alcance todo lo necesario para construir un imperio ultramarino, pero no pudo consolidarlo. No lo pudo lograr porque para ello debía tener la seguridad de un ejército fuerte dentro y fuera de sus fronteras, eficiencia administrativa en los dos mundos, una economía fuerte, consolidada y en expansión, más centrada en la manufactura. Además, una flota mercante para un eficiente comercio y una marina de guerra para el control marítimo continental. Y para el caso de sufrir reveses internacionales, debió disponer de recursos técnicos y financieros para reconstituir ese poder. Fue dueña de las rutas navieras y de una intensa actividad comercial con el Nuevo Mundo, pero las perdió.

Por otra parte, Guayaquil siempre ha sido y será una ciudad de comerciantes. Entre los siglos XVIII y XIX había una clase dominante en la que predominaba el pensamiento ilustrado, republicano y liberal, formada por productores de cacao y empresarios que se movía en un entorno pleno de intereses económicos, sociales y políticos, que deseaba disfrutar de su esfuerzo y habilidades. Pero, estaba sometida a un monopolio amparado desde España, el virrey del Perú y el Consulado de Comercio de Lima, en beneficio de los comerciantes de Trujillo, Piura y Lima. Esta elite dominante, con el paso del tiempo protagonizó variadas crisis y reclamos constantes por las exacciones a que estaban sometidos e insistían en la implantación del libre comercio contemplado en las reformas propuestas por el rey Carlos III, cuya falta de aplicación a finales del siglo XVIII y principios del XIX producía el nivel más crítico de descontento. Por esta razón, desarrollaron mayor odio hacia estos comerciantes que contra la monarquía.

La búsqueda por vencer el monopolio al que estaban sometidos, es el principal motor de la revolución del 9 de Octubre de 1820, fecha magna guayaquileña, que debe ser entendida como eje y punto de partida de nuestro proyecto independentista y de la historia republicana del Ecuador. Debe ser comprendido por la juventud guayaquileña como un hecho histórico y proceso revolucionario que permitió dar el golpe final al último reducto del colonialismo español, en las fechas y lugares que recoge la historia. Sin la independencia de Guayaquil, la sorpresa y su organización, la reunión de los ejércitos de Bolívar y San Martín se habría diferido, y esta demora, a no dudarlo, habría sido determinante si no fatal para la emancipación total del continente.

Los hechos coyunturales previos al 9 de Octubre de 1820

La situación de la Audiencia de Quito de 1809, era muy distinta a la de Guayaquil en 1820. Guayaquil buscaba inscribir su proyecto de libertad y alcanzar su independencia en el momento en que Hispanoamérica estuviese madura para intentar la ruptura total con el coloniaje, no antes. Mientras que el movimiento producido el 10 de Agosto de 1809 (que sus líderes aprovecharon para condonar sus deudas y reducir los impuestos a las propiedades), además de las evidentes y manifiestas posturas de fidelidad al rey Fernando VII, aun en el caso que hubiese recibido el apoyo de Guayaquil, sus resultados habrían sido el más absoluto fracaso.

No así para el Guayaquil de 1820, pues, el panorama internacional militar ofrecía las siguientes coyunturas que garantizaban el éxito: A partir de 1810, mientras España luchaba contra el dominio francés (1808- 1813), algunos países americanos alcanzaron su libertad. Y una vez expulsados los franceses del territorio español, el rey entró en Madrid (1814) y el primer decreto que expidió declaraba nula y sin efecto la constitución liberal promulgada en Cádiz en 1812, restableciendo todo el sistema absolutista. Esta anulación de las libertades obtenidas en las Cortes de Cádiz, fue el detonante para que todas la colonias americanas, que aun no habían alcanzado su independencia, entre ellas Guayaquil, tomasen la decisión de separarse del tronco patrio español, dejando en evidencia que las medidas tomadas por el rey nunca fueron las mejores para evitar o atenuar las consecuencias y una secesión inevitable.

Por otra parte, es necesario destacar que una vez liberada España del dominio de Francia, el rey español no permaneció cruzado de brazos contemplando impávido lo que ocurría en América. A mediados de 1819 inició en Andalucía la concentración de un gran ejército de veteranos de las luchas napoleónicas, destinado a sofocar la sublevación y retomar las colonias. El cual estaba al mando de Félix María Calleja del Rey, conde de Calderón, militar que se había distinguido en la lucha contra los franceses y que fuera virrey del Perú. Pero muy poco tiempo antes de la fecha fijada para zarpar la expedición ocurrió algo inesperado que favoreció a la culminación de la gesta americana. Influenciados por liberales y ex diputados españoles, varios oficiales de esa tendencia ideológica, comandantes de algunos de los regimientos que formaban esa fuerza militar, decidieron aprovechar la ocasión de esta concentración armada para levantarla y proclamar la Constitución liberal de 1812.

El 1 de enero de 1820, Rafael de Riego lideró la revuelta, capturó al conde de Calderón y el enorme arsenal de la Carraca de Cádiz, que acumulaba el material bélico destinado a la lucha en América. Cuando España superó este conflicto, solo faltaba concretar la independencia del Perú. Si meditamos sobre lo ocurrido, veremos que no cabe ninguna duda sobre la oportunidad e importancia de la revolución del 9 de Octubre, no solo para terminar con el dominio colonial, sino para despojar a España de la posesión de la cuña geográfica y estratégica, que significaban el puerto de Guayaquil, su astillero y arsenal.

Por otra parte Bolívar y sus tropas triunfantes se aproximaban desde el norte y ya tenían a Quito en la mira: “Estoy en marcha para Quito y Guayaquil, escribe Bolívar a Rocafuerte, El general Valdés me precede con la vanguardia del ejército del Sur, y el general Sucre lo seguirá de cerca. Mando al general Mires a Guayaquil con auxilios a esa patriótica provincia”.

El 8 de septiembre de 1820 San Martín y la expedición libertadora del Perú había desembarcado en Paracas, y apenas llegaron estas noticias a Guayaquil, el espíritu de independencia comenzó a mover los ánimos de los ciudadanos. El mar estaba dominado por la fuerza naval de Lord Cochrane, bloqueaba El Callao e imposibilitaba toda acción naval española desde el sur de Chile hasta Panamá. Además, su presencia en el golfo de Guayaquil, estimuló a rebelarse a los habitantes del sur de la provincia, quienes establecidos en las numerosas islas de Jambelí y de El Salado desataron acciones guerrilleras desde enero de 1820.

Y, finalmente, la última coyuntura que facilitó la independencia de Guayaquil, que le sobraba decisión pero carecía de militares de línea, fue la oportuna llegada, en los últimos días del mes de septiembre de 1820, de los tres oficiales del batallón Numancia procedentes de Lima. Los capitanes Miguel Letamendi y Luis Urdaneta, que habían pedido voluntariamente su baja. Y León Febres Cordero, que arribó a Guayaquil realmente huyendo de la persecución de las autoridades peruanas por sus actividades independentistas.

Su presencia en Guayaquil coincidió con los momentos que se organizaba la ruptura total con el régimen colonial, lo cual provocó una gran acogida entre los principales comprometidos, José Joaquín de Olmedo, Luis Fernando Vivero, José de Antepara, José María Villamil, Rafael Ximena, Juan Francisco Elizalde, Francisco de Paula Lavayen, Francisco Marcos, Francisco María Claudio Roca y Gregorio Escobedo, pues, facilitaba el control de los cuarteles militares. Como hemos visto, la provincia de Guayaquil obtuvo su libertad, no por reacciones de momento, sin ningún antecedente. La alcanzó luego de una meticulosa planificación, concebida de mucho tiempo atrás, por un grupo reducido de guayaquileños, en estrecha vinculación con los gestores de la libertad americana. Por una elite, que bien podríamos identificarla con nuestras tradicionales fuerzas vivas, siempre atentas a los problemas de la ciudad, formadas por liberales republicanos y pensadores ilustrados como Olmedo, Rocafuerte, Roca, Vivero y otros, quienes ligados a ideales, líderes y sociedades secretas internacionales, forjaron el ideario de la revolución. Y luego de muchos años de planificación y proyectos, conciben y con sus propias fuerzas y recursos, y sin la intervención directa de otros pueblos alcanzan su independencia y rompen en forma definitiva todo vínculo administrativo, militar, económico con España.

Una verdadera empresa de libertad se instauró en Guayaquil, articulada por la acción conjunta de sus líderes y su pueblo, ricos y pobres, con el apoyo militar organizado y sostenido por ellos. No intervino ninguno de los dos grandes americanos, Bolívar y San Martín. Ellos vinieron cuando la independencia estaba consumada, organizada la División Protectora de Quito, dictado su Reglamento Provisorio de Gobierno, reglamentada la Libertad de Imprenta y obtenido frutos económicos producto del libre comercio.

El doctor Francisco Javier Aguirre Abad, dice lo siguiente: “El pueblo de Guayaquil, había declarado su independencia sin la intervención de otros pueblos. Libre por sí mismo, por nadie liberado, tenía perfecto derecho de darse un gobierno propio o por escoger la nacionalidad que más le conviniese. Recibió auxilio y armas del Perú y soldados de Colombia para sostener su independencia, pero en cambio agoto sus recursos pecuniarios, y dio su contingente de tropas para liberar las provincias de Quito en cuatro campañas sucesivas. Los colombianos no figuraron solos en la Batalla del Pichincha que terminó la guerra. Atenidos a ellos solos no habrían podido librar esa memorable batalla, a la cual concurrieron dos batallones peruanos, un escuadrón argentino y un batallón de Guayaquileños”.

Es el triunfo de una contienda política, social, económica e ideológica, en la que participaron hombres de pensamiento republicano ilustrado que llevaron la iniciativa. Estrato de la sociedad colonial formado por comerciantes y hacendados tanto criollos como españoles, que se vieron separados por sus particulares intereses económicos. No fueron la cuna ni la raza las que los fragmentaron y enfrentaron, sino las ideas y la defensa de los negocios de cada segmento. “No está en opresiones ominosas ni en pruritos de raza, sino en la lucha de dos burguesías enriquecidas, pero con intereses contrapuestos. Esta rivalidad, unida a un crecimiento del sentido de “Patria”, preparó las bases mentales de la ruptura. Las nuevas corrientes ideológicas proporcionaron a la protesta sus bases pragmáticas.”

La revolución del 9 de Octubre de 1820, no solo es la raíz de la independencia ecuatoriana, sino que su aporte de hombres y bienes fue determinante para liquidar los restos del poder colonial en la América meridional. Sin su oportunidad y sorpresa, probablemente recordaríamos a la batalla de Pichincha en una fecha distinta al 24 de mayo de 1822. Esto es algo que no debemos olvidar ni permitir que nuestra juventud lo haga. Debemos estar vigilantes de que la enseñanza de nuestra historia se ajuste estrictamente a la verdad, y no a los tradicionales textos escolares escritos por comerciantes.

Por:

José Antonio Gómez Iturralde (Historiador)