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domingo, 19 de julio de 2009

Mi confesión | El libro de Carlos Castaño escrito por Mario Aranguen


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Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales. Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.

La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno.
Walter Scott (1771-1832) Escritor británico.

En la venganza el más débil es siempre más feroz.
Honoré de Balzac (1799-1850) Escritor francés.

Por eso tiro de vuestra red, para que vuestra furia os haga salir de la guarida de vuestra mentira y de detrás de vuestra palabra, justicia, se precipite vuestra venganza.
Friedrich Nietzsche (1844-1900) filósofo, poeta y filólogo Alemán


Capítulo I

LA EXHUMACIÓN


Sólo cinco personas habían visto el cadáver y conservar en secreto su muerte era la mejor estrategia de guerra. Carlos Castaño sabía que el misterio convierte a los guerreros en mitos que se alimentan de la incredulidad de los hombres. Así, durante tiempos impredecibles, prolongan sus vidas después de la muerte. Tal sería el destino de su hermano, cuando lo alcanzó un disparo de fusil, destrozándole el corazón, el seis de enero de 1994. Cuatro meses más tarde, Carlos Castaño conducía su campero Hammer hacia “el parchecito”, un lugar en la orilla del río Sinú, predios de la finca ‘las Tangas’, donde estaba la tumba de su hermano del alma y de sangre, Fidel Castaño. El secreto de su muerte continuaba oculto y a pesar de los rumores, para la tropa, el país y sus enemigos, el hombre al que apodaban “Rambo” seguía vivo, y nadie se atrevía a asegurar lo contrario, así no lo hubieran vuelto a ver.

Aquella noche en Córdoba, el verano había pasado y una lluvia bíblica arreciaba. El cauce sinuoso del río y la fuerza muda de su corriente, delataban sus deseos de llevarse el cadáver, al anegar poco a poco el claro de tierra donde, sin cruz, yacía sepultado.

En cuestión de horas el ataúd lo arrastraría el caudal color ocre. Castaño hubiera preferido no moverlo pero, ante el poder del río Sinú, lo menos doloroso era sacarlo y trasladarlo a su nueva morada, una reserva forestal llena de robles, tecas, laureles y ceibas. Sin embargo el féretro de madera verde, de campano se había aferrado al terreno como la raíz del árbol que algún día fue, de diez metros de altura, un tronco de tres abarcaduras y ramas que daban sombra a cincuenta novillos. Con el torrencial, la tumba se convirtió en un terreno fangoso, rodeado por pequeños árboles de fino bambú que se balanceaban con las ráfagas de una brisa tibia y húmeda. La tierra era una trampa y no había poder humano que lograra sacar del hueco el féretro improvisado el día de su muerte. Carlos Castaño no tuvo otra opción que exhumar los restos de su hermano Fidel.

Acompañado de dos primos, y sin mediar palabra, empuñó una pala y comenzó a cavar sobre la tumba de su hermano. El eco largo de los truenos producía un estruendo aterrorizador. Los relámpagos aparecían incandescentes entre las nubes de la tormenta eléctrica y sobre el rostro del primo Panina que iluminado contemplaba enmudecido la escena. ‘H2’, el primo que había sido escolta personal de Fidel, ayudaba ahora a su nuevo comandante. Con un recatón marcó el rectángulo donde yacía el cadáver. Durante una hora lograron sacar cincuenta centímetros de tierra. Luego el agua comenzó a colarse. Carlos Castaño ya no veía sus botas entre el charco y era imposible cavar más, pues el agua se tragaba la herramienta y la bombilla de tres voltios que los iluminaba, se volvió a fundir. Entonces gritó con rabia:

—¡“H2”!, vaya a la finca Jaragüay y traiga una motobomba. Si no sacamos esta agua ya, nunca llegaremos al cajón.

Panina, alto y de contextura musculosa, continuaba ahí parado sin hablar, apoyando sobre la pala sus dos manos, sin mover un dedo hasta el momento. Sólo después de transcurrir media hora, pronunció palabra:

—Con esta totuma se puede ir sacando agua, mientras tanto.

Sin mirar a Panina, Carlos Castaño estiró su mano, agarró la vasija y comenzó a sacar agua, la que arrojaba al lado de la fosa, mientras por su mente sólo se cruzaban pensamientos improductivos. “¿Cómo queda uno? ¿Qué es la vida?”, se preguntaba. “Uno no es nada”, concluía, lleno de tristeza. Carlos Castaño había renegado de Dios una o dos veces en su vida, pero en ese momento de desesperanza, viviendo su tragedia inmerso en el pantano que le subía casi hasta la cintura, no lo hizo. Ese día ni rezó. Al limpiarse el rostro salpicado de tierra y agua, dio un paso y se resbaló, luego pisó firme y sintió el féretro. Tocó con las botas el cajón donde yacía Fidel.

—¡Aquí está! —dijo con un golpe de voz fuerte que al repetirlo fue perdiendo intensidad—. Aquí está, aquí está...

El pánico le heló la sangre. Sintió miedo; tanto que quiso abandonar la fosa pero estaba inmóvil. Por fin, Panina cortó el autismo para ayudar:

—¡Llegó ‘H2’ con la motobomba! ¡Acá, primo, colóquela acá!

—¿La prendo de una vez? –preguntó.

—¡Dele, dele! ¡Meta la manguera!

El nivel del agua en la tumba descendió rápidamente. Carlos Castaño ya movía mejor la pala e invitó a los demás.

—Vengan. ¡Saquemos la tierra que queda!

En minutos, el sepulcro quedó casi seco y se alcanzaba a ver el rectángulo de madera donde permanecía Fidel. La idea era cavar en las esquinas del cajón, para introducir un lazo que lo rodeara, y comenzar a levantarlo. Castaño abrió el espacio y con su mano introdujo la soga, pero tropezó y cayó acostado sobre el féretro, cansado de cavar por más de dos horas. Respiró profundo y lo invadió el olor a muerto. El agua tenía unas vetas viscosas de color blanco, ya aparecía descompuesta. Carlos Castaño no aguantó las náuseas y vomitó por el olor, el dolor y la impotencia. Panina lo sacó de la fosa, y al lado de la tumba siguió trasbocando en medio de la lluvia, acompañado por unas palmaditas en la espalda que su primo le dio como consuelo:

—Tranquilo, pelao. Tranquilo.

‘H2’ y Panina intentaron, durante horas, sacar el cajón, pero las tablas de madera verde del féretro se hacían más pesadas con el agua. El espesor de cada una era de cuatro centímetros. La motobomba falló y la tumba se inundó otra vez. Trajeron una nueva máquina con la que se extrajo el agua.

—No queda otra opción que exhumar el cadáver —dijo Castaño. Panina, abramos el cajón con los martillos. ‘H2’, vuelva a Jaragüay y hágase otro ataúd sin tapa y con bastantes hojas de bijao de las grandes. Hay que taparlo.

Entre tanto, se dedicaban a zafar puntillas de cuatro pulgadas con la punta trasera del martillo. Descansaban y empujaban la tapa del cajón hacia arriba con un azadón, para romper las bisagras y poco a poco se fue abriendo.

Ahí estaba. Mientras llegaba el nuevo cajón, Carlos Castaño se sentó a mirarlo. Fidel tenía un poncho blanco sobre su rostro. Sus restos conservaban parte de la piel y, de manera extraña, la ropa se encontraba casi intacta. Aún se distinguía perfectamente el color blanco del pantalón y el verde oscuro de la camiseta que vestía el día que murió. Un solo tiro de fusil M-16 calibre 5.56 le quitó la vida. Le llegó por sorpresa y directo al corazón.

Carlos Castaño fue el primero en atreverse a tocar los restos. Al retirarle el poncho vio el cráneo como el resto del cuerpo: mitad piel, mitad huesos. Miró a sus primos y dijo:

—Muchachos, yo cojo la cabeza, ustedes el tronco y las piernas. ¿Están listos? —preguntó y sólo ‘H2’ contestó:

—Listos, comandante Castaño.

Por un instante, que pareció eterno –tal vez treinta segundos, un minuto o dos– reinó el silencio. Sólo se oía caer la lluvia. Sin musitar palabras, se miraron y procedieron a levantarlo, pero un fémur se resbaló de las manos de ‘H2’. Luego se partió lo que quedaba del cuerpo, y Carlos Castaño se quedó sujetando, en el aire, la cabeza y el tronco de su hermano. Imposible seguir.

Lo dejó como estaba y salió de la tumba para observar, estático, cómo sus primos trasladaban la osamenta de Fidel al nuevo cajón. Le colocaron, como colchón y tapa, las hojas de bijao verdes, anchas y largas. Entre los tres alzaron los restos de Fidel con destino a las montañas del Nudo del Paramillo.

Abrieron paso entre la maleza iluminada por las luces del campero Hammer que los esperaba. Avanzaron caminando con el féretro hasta el platón del vehículo, lo subieron y, después de asegurarlo, Panina tomó las llaves para conducir. Carlos Castaño, que siempre maneja, no quería ni siquiera encender el carro. Su mente divagó durante una hora por las interminables carreteras privadas y sin asfaltar por donde apenas cabía el campero. La marcha fúnebre de Fidel Castaño se paseó solitaria, sin flores, por fincas propias y ajenas que se consideraban sus dominios. A Fidel lo enterraron por segunda vez, a las cuatro de la mañana, en una pequeña montaña, en la mitad de un rectángulo de hierro para que si algún día Carlos Castaño falta, su familia logre encontrar los restos con un detector de metales. Le fabricaron por primera vez una cruz de madera y regresaron a casa.

Allí quedó el fundador de las Autodefensas de Córdoba y Urabá, una organización que comenzó con seis hermanos y tres primos. Bajo el mando de Fidel llegó a tener trescientos hombres armados y desde que su hermano Carlos Castaño la comanda, se convirtió en un ejército irregular de trece mil combatientes. Ahora son las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, un curioso grupo político-militar de resistencia civil armada antiguerrillera. Comenzaron siendo una familia de vengadores, luego unos clásicos paramilitares y ahora un grupo paraestatal autónomo, con una ideología inspirada en el concepto de autodefensa del pueblo israelí.

Lo que Castaño llama “el primer ejército contraguerrillero del mundo”. Si se retomara el concepto de que el idioma es vivo y no rígido, hoy las AUC se alejaría de la definición tradicional de “paramilitares” y se les podría llamar “guerrilla de derecha” en formación. Se enfrentan a una guerrilla marxista-leninista, además sirven y defienden gran parte de los intereses del Estado. Pero de vez en cuando se muestran en contra de los militares y el gobierno de turno, que sólo los persigue cuando les conviene por una razón muy simple: tienen un enemigo común, la guerrilla de las FARC y el ELN.



La infancia de Carlos Castaño y su relación con las FARC


Carlos Castaño nació, al igual que todos sus hermanos, en la finca “La Blanquita” ubicada en el departamento de Antioquia, en cercanías de Amalfi, un pueblo antioqueño. Su familia era católica y laureanista. Su primer contacto con la guerrilla se relata de la siguiente manera:

“Yo solo tenia catorce años (…) Nos movilizábamos en un camioncito para Amalfi, mi pueblo, y de repente saltaron tres hombres del matorral hacia la carretera. Era la guerrilla con intención de parar el carro. Recuerdo que me dio terror. Pero mi padre me calmó al decirme: “Tranquilo, Carlitos. No se preocupe, que esta gente no nos va a hacer nada”. (…) Después de pasar aquel reten sin problemas, le perdí el miedo a los guerrilleros.”

Sin embargo es importante tener en cuenta que aun cuando las creencias católicas y conservadoras de la familia se mantenían como la principal referencia de creencias, también entre los primos y hermanos se compartían puntos de vista propios de los grupos de izquierda. Por ejemplo, Ramiro uno de sus hermanos mayores escuchaba Radio Habana y leía China Reconstruye, ambas influencias de izquierda y Manuel, otro hermano mayor, hacía travesías con el cuarto frente de las FARC.

Esta dualidad frente a las maneras de desarrollar creencias partidistas y formación religiosa y política tuvo gran influencia en la forma de pensar y actuar de Castaño. En contraposición con la información divulgada en los medios de comunicación, sus vivencias con los familiares le generó una visión mediante la cual consideró a la insurgencia armada como amigos fundamentado en la sensibilidad social que inculcaban, además con la influencia de sus hermanos. El contacto con la guerrilla fue siempre muy cercano. “Cuando ellos iban de paso, mi padre los dejaba acampar en la finca “El Hundidor”. Uno amanecía y ahí se veían los toldos, las carpas y las hamacas guindadas. (…) se les daba leche, quesito y de vez en cuando una novilla.”

Los anteriores enunciados permiten comprender que Carlos Castaño nunca creyó que la guerrilla pudiera hacer algo en contra suya o de su familia; sin embargo esta situación cambió el día del secuestro de su padre.

El secuestro y asesinato de Jesús Antonio Castaño


Carlos Castaño era muy apegado a su padre. Jesús les dio una educación en la cual les inculcó que todo en la vida hay que ganárselo y además la importancia de la rectitud y la palabra empeñada al momento de hacer negocios o de prometer algo:

“Recuerdo una singular forma de enseñarnos el valor del dinero: ”Carlitos, tome estos quinientos pesos y se los guarda en el bolsillo derecho y estos cinco pesos en el izquierdo. Los cinco se los puede gastar; los otros también: son suyos, pero no se los gaste (…). Hay que aprender a guardar la plata y a no malgastarla, muchachos.”

El secuestro del padre ocurrió en la finca “El Hundidor” cuando Carlos tenia 15 años. Carlos no lo podía creer ya que los creía amigos desde siempre. El día del secuestro de su padre, comenzó el odio de Carlos Castaño hacia la guerrilla. En la familia consideraron que la única solución tras intentar infructuosamente la liberación con ayuda de alias “Paturro”, era pagar el rescate exigido.

Se adelantaron pagos que no llevaron a la libertad de Jesús Castaño, mientras la guerrilla continuaba pidiendo cantidades de dinero que la familia ya no era capaz de pagar. De ello se deduce que los Castaño ya eran conscientes del problema que representaba el secuestro y “por eso Fidel reunió a los hermanos para decirnos: “Preparémonos para lo peor. Si no devuelven a papá, es posible que toque pelear con esta gente (…) El siete de febrero de 1980 llegó Paturro con la ultima carta de las FARC, ocho meses después del secuestro. (…)

Fidel Castaño asumió el papel de jefe de familia, que antes fuera compartido con el padre. Declaró que no estaba dispuesto a pagar más plata y enfrentando la posibilidad de combatir a los grupos insurgentes.

Después de que se supo de la muerte de su padre a mano de las FARC, se inicio una guerra entre la familia Castaño y la guerrilla que operaba en la zona. Este suceso marco de por vida a Carlos y al respecto comenta que

“no es fácil para mí contar esta parte de la historia. Visiblemente afectado (…) como quien quiere terminar de relatar algo que al evocar lo atormenta (…). Así nació nuestro problemita con la guerrilla; ahí comenzó la venganza de los hermanos Castaño.”

La venganza de los hermanos Castaño


El odio hacia la guerrilla junto la impotencia del ejército y el Estado para hacer justicia llevaron a la creación del primer grupo armado de autodefensa, con el fin de tomar justicia por la propia mano. “Nuestra venganza duro dos años. Encontramos y ejecutamos a todos los que participaron en el secuestro. (…) Durante el primer año fuimos una organización de espíritu exclusivamente vengativo.” Las FARC controlaban la región de Segovia, zona donde secuestraron a Jesús Castaño; la mayoría de los cargos públicos eran ejercidos por guerrilleros encubiertos. La falta de gobierno era evidente en esa zona, ya que los delincuentes eran dejados en libertad tras tener un juicio subjetivo con un juez simpatizante de la guerrilla.

Después de hacer contactos con el ejército, las autodefensas se convirtieron en la mayor fuente información antisubversiva. También cumplieron la función de verdugos cuando el ejército ni la policía podían hacer algo en contra de un criminal. “Muchas veces se nos acerco un policía o un cabo para decirme ” ¿Carlitos, ve a ese hombre en la esquina del cementerio? Es un guerrillero. No hay ninguna prueba contra él. Ustedes verán qué hacen.” Yo le contestaba: ”Si no hay policía ni ejercito por aquí, yo mando a los muchachos”. Se coordinaba la acción y dos muchachos caminaban hacia la puerta del cementerio, y al salir el subversivo, lo ejecutaban.” Su grupo se convirtió en la justicia ilegal conciliada con el poder público.

Reflexiones


Carlos Castaño, creció y vivió con la presencia de la guerrilla y la dualidad de maneras de actuar derivadas de la religión y el laureanismo en conjunto con las ideas de rebelión y lucha armada para lograr el poder. Esta es una paradoja importante que planeada de manera coloquial se puede interpretar como el que peca y se confiesa empata.

Ese medio social y familiar se puede considerar un caldo de cultivo que se fortaleció con el asesinato del padre. Así, se puede pensar que este fue el factor determinante en su vida, para encaminarla hacia el paramilitarismo. Por ello se plantea como este hecho constituye un punto central en el proyecto de vida de este líder.

El anhelo por una Colombia mejor lo ha interpretado mediante su voluntad por hacer justicia, por su propia mano. A pesar de ser una persona que se declara católica, no se arrepiente de los asesinatos cometidos u ordenados por él. En esta actuación y convicciones se ve como este personaje maneja una doble moral, que le permite autojustificar su acción, al tiempo que condena la violencia generada por otros actores del conflicto armado que padece nuestro País desde hace muchas décadas.

Lo anterior no significa que Castaño esté alejado de la información nacional y mundial. Se declara autodidacta e interesado por las estrategias de solución a los problemas nacionales y latinoamericanos. Con el tipo de argumentos que presenta se puede deducir que es una persona inteligente y con una gran capacidad de trabajo que ha sido capaz de congregar a varios cientos de personas alrededor de sus ideas.

Carlos y su familia fueron victimas del desgobierno y además una serie de factores lo hicieron volverse un asesino justiciero, que hoy en día tiene una influencia nacional. Este hecho le concierne mucho al país, ya que como él se convirtió en líder de la justicia por propia mano, muchos otros colombianos victimas de la injusticia social, el desarraigo, la pobreza y la violencia armada, han considerado que la única alternativa para lograr cambios es combatir la muerte y el maltrato con más muerte y maltrato; en otras palabras es propicio para que surgan más vengadores.

El estado y los diferentes gobiernos, sumados a la corrupción y a la negación del cumplimiento de los derechos humanos de los grupos poblacionales más desfavorecidos son una fuente de generación de asesinos y subversivos que enfrentan a colombianos con colombianos y desangran la nación acabando con la mayor fuente de su potencial de desarrollo: las personas, al no brindarles la protección y condiciones dignas para vivir.

ARANGUREN, MAURICIO. 2001. Mi Confesión. Carlos Castaño revela sus secretos. Ed. Oveja Negra. Bogotá. 327 p.









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