Cuando es mayor el difunto, se arma la "capilla ardiente" en la sala de la casa, con cortinajes negros. Las mujeres se quedan junto al ataúd rezando y conversando, mientras que los varones, en la parte baja juegan baraja y beben. Y así pasan dos o tres días hasta que llega en último familiar ausente y es ahí cuando lo llevan a la iglesia del pueblo para la misa de cuerpo presente. Cuando entra el cadáver se cuida de que la cabeza del difunto vaya de frente al altar. Y las campanas comienzan a doblar con sus diferentes toques, de acuerdo a la condición del difunto: niño, "señorita soltera", o casados. Era un verdadero arte que sabían los viejos sacristanes y que los moradores solían interpretar el sonido o el clamor de la campana para saber si era varón, mujer o infante el difunto.
Y al terminar la misa se organizaba el entierro. Un compromiso grave es "acompañar" al difunto al cementerio. Todos los amigos, parientes y vecinos se unen al cortejo fúnebre que recorre casi todo el pueblo para que el difunto "se despida". Hay poblaciones en que el cementerio queda muy cerca del templo y lo lógico es que pase directamente al campo santo. Pero no es así, primero hay que despedirlo paseándolo por toda la población.
Luego del entierro viene el novenario, velar por nueve días la cruz del féretro, que la quitan al momento del entierro y el sitio donde ha estado velándose el cadáver. Durante una novena, todas las noches se reúnen familiares y vecinos para rezar el rosario y consolar a los "dolientes". Velorio que fácilmente se transforma en una reunión social con brindis de comida y bebida. Y al mes, la solemne misa de aniversario, en que se renuevan todos los sentimientos de pesar. Amigos y conocidos acuden a cumplir con los dolientes del fallecido con ramos de flores y coronas, que se colocan en las gradas del altar y luego se reparten tarjetas de recuerdos con una imagen religiosa o también con la foto del fallecido, donde se escribe la lista de los familiares y deudos que agradecen "el haber asistido a la misa de réquiem" para luego ir al cementerio para prender velas junto a la tumba, dejar las flores y llorar por el deudo.
Todas estas costumbres fúnebres son manifestaciones del profundo culto a los muertos que observa el montubio y que reflejan su fe en la vida eterna, una de las grandes verdades del cristianismo.
Por:
Roberto Pazmiño Guzmán
Tomado del libro:
Religiosidad montubia
(Reflexiones y experiencias pastorales)
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