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domingo 27 de diciembre de 2009

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El miedo a la libertad


El miedo es necesario, como el dolor. Un Juan sin miedo fuera del cuento es un Juan sin miedo muerto. Muchos creen, ingenuamente, que su existencia sería más agradable y mejor si estos mecanismos, evolucionados para salvar nuestras vidas de los daños y peligros de un ambiente hostil, no existieran. Esto se debe no sólo a que nos hacen sentir terriblemente mal, sino también a que a veces parecen del todo inútiles. ¿Por qué debe uno sufrir dolor crónico, una vez localizado el daño en el interior del cuerpo? ¿Por qué temer tanto la opinión desfavorable de un jefe si no tiene poder de vida y muerte sobre nosotros? Preguntas como estas no tienen una respuesta sencilla. El miedo nos ayuda a evitar todo lo que nos puede matar, dañar nuestro cuerpo o rebajar severamente nuestra posición en la sociedad, que es el medio social a través del cual nos proyectamos en el natural.

Unidos el miedo y nuestra poderosa imaginación (que es el mejor fruto que ha dado la evolución de nuestro cerebro), forman una ecuación cuyo resultado es, muchas veces, un auténtico despropósito. ¿Qué es lo que hemos de temer, en una sociedad impersonal en la que se han perdido las certidumbres de conocer a todos los miembros, con sus respectivas virtudes y defectos? Conforme crece el grupo social, entre los primates, dice Robin Dunbar, aumenta también la neocorteza en el cerebro. Un mayor cerebro parece hecho a propósito para lidiar con las complejidades del trato social. Sin embargo nosotros hemos rebasado la línea del número de personas con los que podemos relacionarnos con un alto grado de conocimiento, que, según los estudios de Dunbar, es de 150. Y ahí aparecen nuevas oportunidades y nuevos riesgos. Y el miedo está atento.

¿Hacia dónde va la sociedad? ¿Qué podemos hacer para cambiarla? Esas preguntas carecen de sentido, pero nos las hacemos igualmente, y algunos líderes políticos proponen soluciones globales. También algunos pensadores y no tan pensadores han llegado, como Durkheim, a atribuir vida propia a la sociedad. Esta moldearía al individuo, en lugar de ser este el que contribuye, con su acción individual, de alguna manera egoísta e inopinada a dar forma a la sociedad. Las sociedades modernas son el resultado de la acción no concertada de millones de individuos. Esto lo apreciaron Adam Smith al hablar de la mano invisible y Friedrich Hayek al hacerlo del orden espontáneo.

El miedo imaginativo, hoy, se traduce, por ejemplo, en el rechazo al mercado y a la globalización (por temor a la competencia de propios y ajenos) y en el rechazo a las guerras (incluso cuando están justificadas como defensa de un orden social e institucional que sirva de marco para la libertad y la prosperidad). También se traduce en la fe en la tecnocracia, la democracia, el diálogo y el racionalismo: una burocracia estatal dirigida por un grupito de técnicos (o sabios de la nueva era de dispersión del conocimiento) y comandada por un líder elegido por el pueblo libremente (con la “libertad” que dan unas listas cerradas y unas urnas espaciadas por cuatro años de manos libres para los gobernantes), acompañadas de un parlamento dónde se presentan argumentos de todo tipo y se debate “serenamente” (repartiendo el pastel del poder, a los postres, a la postre), se consideran la panacea social.

La realidad es bien distinta y el miedo a la libertad nos hace caer en manos de aquellos a quienes verdaderamente debiéramos temer. Demagogos ambiciosos que quieren obtener el poder a costa de los miedos e infundadas esperanzas de los otros.






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