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domingo 6 de diciembre de 2009

Quito, los toros y mis cuatro años de edad


Las contradicciones existen, yo soy un ejemplo claro de ello, así como Mafalda amaba a los Beatles y James bond el Vodka ruso, yo adoro la tauromaquia con una fascinación tal que soy capaz de olvidar al menos durante esta época de toros el enorme odio que siento por Quito y los Quiteños centralistas, sinverguenzas, vagos, invasores, ladrones, esclavistas, traicioneros, hipócritas y mantenidos por el estado.

El culpable directo y oficial de esta fascinación por la tauromaquia fue justamente un Quiteño casado con una tía bisabuela mía que por amor lo dejó todo para irse a vivir a esa maldita tierra de mierda (la típica mona "quita marido").

Mi abuelita siempre adoró a su tía al considerarla un ícono de rebeldía, coraje y empuje, que habiendo pasado por mil y un vicisitudes (su padre y casi toda su familia la desconoció por casarse con un serrano) supo siempre hacer con su vida lo que quiso, hay que tener en cuenta que su tía a principios del siglo veinte vivió muchas limitaciones por ser mujer, no obstante y pese a todo siempre logró ser feliz ante tanta discriminación quien sabe como diablos.

Era yo muy niño, me llevaron de viaje en los ochentas a Quito para conocer la famosa capital (escrito con minúscula), vi los campos, los paisajes, las montañas y el ganado mientras viajaba en el bus, lo recuerdo muy claramente por que creía que vería a mi perrita Laica mientras cuidaba sus ovejas.

Me engañaron vil y miserablemente... Laica lastimosamente falleció envenenada por su mala costumbre de comer basura en la calle (adoptada, en su juventud fue callejera), cuando no la volví a ver mas me cuentearon diciéndome que ella era Quiteña, que solo estuvo de visita pero le tocó la hora de volverse a su tierra por que su trabajo siempre fue cuidar ovejas y borreguitos y sus dueños llegaron para llevársela.

La muerte de Laica fue un misterio sin resolver digno de William Shatner hasta mi adolescencia cuando un buen día de tanto preguntar me contaron la trágica verdad, quizá allí podría estár el origen del porqué no soy muy bueno para elaborar ciertos duelos y caigo en horrendos vicios y melancolías al intentar fallidamente elaborarlos, además la razón por la cual no creo nuevos vínculos afectivos con nadie para no tener que elaborar duelos a futuro, esa bendita perra significó todo en mi infancia, su historia está intimamente ligada a Quito y mi viaje a esta ciudad en su búsqueda (misión: "buscar a Laica"), esperaba verla aunque sea un momento mientras viajaba en bus, incluso me preocupaba mucho como ella me llegaría a ver si tenía el vidrio empañado.


Fue un viaje dramático a decir verdad y mas aun cuando hubieron dos versiones, una fue la de mi madre que me dijo: "allí está, allí está", ¿donde?, ¿donde? -pregunté- ¿allí no la ves?, hazle con la mano... (nunca vi ni verga).

La otra versión fue cuando mi abuelita me dijo que Laica había aparecido justo cuando yo estuve dormido y que ¿por que me quedé dormido sabiendo que Laica aparecería en cualquier momento? (puta madre, mas arrecho todavía).

Después de estas dos versiones y con escasos cuatro años de edad percibí que algo raro ocurría, aun hoy en día el tema de Laica es espinoso en las conversaciones familiares, mi hermana menor Rosanna en la forma mas sarcástica y burlona me mira mientras finge una extrema tristeza y me dice: "Victor... te tengo que contar la verdad sobre Laica"; hasta hace pocos años aun soñaba que iba en ese maldito bus con el vidrio empañado y veía a mi perra corriendo por los prados detrás de las ovejas y los borregos y cuando ella sentía mi presencia se paraba y comenzaba a ladrar saludándome.


Conocí la ciudad y visité sus iglesias... típico de mi madre y mi abuela que como beatas santurronas que son lo primero que hacen es visitar iglesias y rezar rosarios, nunca me molestó pero siempre me aburrió enormemente.

Conocí a la famosa tía Filomena y a un sujeto muy particular: el "tío Lucho" (tío político), aquel Quiteño era un tipo muy especial, alto, espigado, muy delgado pese a los setenta y mas años que tenía, poseedor de un humor inconfundible e incombustible, recuerdo como mi tía se la pasaba riendo todo el tiempo ante sus ocurrencias.

Descendiente lejano de Cordoveces, era un tipo muy culto e ilustrado, tenía tantos libros que su casa era casi una biblioteca, me llevó a todos y cada uno de los museos Quiteños, con el conocí el Panecillo, todo el Quito antiguo (donde vivían) y mucho más, pero nada me preparó para lo que iba a conocer luego: "La plaza de toros".

Lastimosamente puedo afirmar que conocí primero una plaza de toros que el estadio de EMELEC, pero entiéndanme por favor... era muy niño, no sabía lo que hacía y fui llevado a la fuerza por aquel sujeto que loco gritaba emocionado "OLÉ y OLÉ" mientras me cargaba en sus hombros.

Aquella experiencia me encantó y marcó para siempre, viví emocionado la fiesta taurina intentando sobrellevar el duelo de mi perra en una época edípica bastante conflictiva, donde casi con total seguridad la corrida representó esa fantasía heróica de matar al padre castrador, abusivo y dominante, toda una experiencia totémica - Freudiana a mi corta edad.

El tío Lucho me enseño a torear, a coger una sábana y usarla con destreza con un armador de ropa como banderilla y una escoba como espada siendo yo el torero y luego el toro.

Recuerdo sus posters de Manolete y las propagandas de viva Quito llenas de anuncios taurinos por sus fiestas, el tipo era un enfermo fanático total de los toros, tenía todo lo relacionado a ellos: rabos, orejas, posters, libros, revistas, enciclopedias especializadas, recortes del periódico, figuritas, albumes, estampillas de correo, tapas, muñequitos, ¡TODO!.

Recuerdo su sombrero de torero y un uniforme dorado increible lleno de lentejuelas el cual usó en su juventud según me contó y con el cual enamoraba a las jovenzuelas mientras le tiraban rosas y le agitaban pañuelos blancos.

Fue la primera vez que toqué una espada (las cuales por cierto me encantan) y verdaderamente me sentí torero, ya llegarían después otras oportunidades para sentirme igual al torear enemigos para luego ajusticiarlos sin ninguna misericordia pero siempre con mucha elegancia.

Hay algo de fascinante en la tauromaquia, es el juego del cazador y el cazado, es la sangre, el descontrol, miedo y adrenalina que se siente proveniente del toro desesperado e impotente al momento de enfrentarse a la muerte, el toro es un animal que nunca le teme a nada y verlo allí lleno de pavor es algo que muy pocos tienen oportunidad de ver.

Al principio te tapas los ojos, hay novatos que hasta vomitan, del toro casi puedes oler su sange, al principio te da asco pero luego lo disfrutas, la masa grita, sientes la euforia del público, te identificas con la soberbia altanera y despreciante del torero versus la patética humillación del vencido, tus ojos se abren, tus pupilas se dilatan, tu corazón late apresuradamente, tragas saliva sediento, terminas respirando con la boca abierta, te muerdes la lengua, muestras tus dientes, sonries, te liberas... es una sensación sádica, demoniaca, gozadora, única, especial, te llama, te envuelve, te domina, te llena, es como perderle el miedo al desafío y la muerte, no se... no puedo explicarla como verdaderamente quisiera, es una experiencia maravillosa y especial, tan humana y sublime como perversa, es nuestra herencia, la esencia misma de nuestra humanidad.

Es una experiencia mounstruosa, si... lo se, ¿pero quien de nosotros no es un mounstruo?, ser humano es ser depredador, así evolucionamos y nos desligamos de la bestia, la bestia sigue allí dormida... ¡pero no muerta!, evolucionamos por competencia contra otras especies, triunfamos, la tauromaquia nos lo recuerda, sino fuésemos la especie animal mas sanguinaria de ese planeta hoy no tendríamos lenguaje, pensamiento, raciocinio, etc. "Nuestra adultez es incluso un proceso de duelo, placer y muerte".

Yo viví una época donde el torero era el héroe representante del pueblo humilde, por lo general los toreros no eran nobles ni pertenecientes a la aristocracia, eran gente muy pobre que se dedicaban con heroicidad y nobleza a hacer un espectáculo, héroes individualistas, justicieros, que luchaban solos ante la adversidad y ante un enemigo superior e invencible, símbolo inequívoco del bien versus el mal, de la lucha del hombre ante la muerte, ante los tiranos y opresores, luchaban por su vida, la libertad y la gloria... los toreros representaban la búsqueda de la inmortalidad por medio del recuerdo de quienes lo vitorearon en sus nobles faenas llenas de dignidad, virilidad, fiereza y desafío, la lucha de la gente común por sobrevivir ante las adversidades de la vida y la inmisericorde llegada de la muerte, el torero lo daba todo y arriesgaba su vida por brindarle felicidad al público que proyectaba en el sus carencias y debilidades en la búsqueda diaria por alcanzar nuevas victorias... el las asumía, las recogía, las abrazaba y "vencía".


Por eso siempre despreciaron en mi familia a mi tío Lucho, además que por ser serrano en una familia de ultraregionalistas separatistas (a mucho orgullo), por ser una especie de payaso de circo como le llamaban, Lucho y Filomena siempre fueron muy pero muy pobres, ese matrimonio fue siempre motivo de profunda verguenza familiar, a mi me molestó también que sea serrano mas nunca que sea pobre ni peor torero, para mi su profesión siempre fue motivo de orgullo como lo es hoy ahora al narrarles esta historia.

Lastimosamente me despedí mal de mi tío Lucho, en sus últimos días no estuve a su lado... solo, triste y abandonado, murió en un asilo de ancianos acá en Guayaquil pagado por mi abuela en agradecimiento por los años de felicidad y fidelidad que este le brindó a su adorada tía Filomena, todo en contra de la voluntad de mi abuelo que hasta el último lo despreció como familiar.

Esta maldita forma de ser mía tan antisocial por la que no soporto ciertos duelos hizo que muy pocas veces lo visite, mi tío Lucho vivió sus últimos años muy solitario, mientras yo cada vez desarrollaba aun más aquel resentimiento hacia nuestros captores e invasores centralistas en plenas épocas de la caída del Banco del Progreso y la oportunidad fallida de separarnos de esta basura malparida y asquerosa de país.

Hubiese querido que sea distinto... quisiera pedirle perdón a su recuerdo pero no puedo hacerlo, aquel viejo torero vivió demente y muy solitario los últimos días de su vida hasta su fallecimiento, reclamando incansablemente mi presencia ante mi abuela al ser yo lo mas cercano al hijo que nunca tuvo con la mujer que amó con su vida mientras lloraba recordándola (fue estéril como muchos toreros, por las embestidas recibidas supongo).

Para alguien que soñó y creyó de joven en su propia inmortalidad por sus heróicas faenas cumplidas, debió ser muy duro enfrentarse a la vejez, la soledad y la muerte.


Nunca fui, lo siento mucho por quienes lean esto, la historia no tuvo un final feliz, yo simplemente lo dejé morir... probablemente me pasará lo mismo en mi vejez porque estas cosas suelen ser karmáticas.

Detesto muy en el fondo a todos los Quiteños en general, pero quizá los toreros sean diferentes, quizá ellos si son decentes...



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Van 7 importantes comentarios en este post:

Anónimo dijo...

Exelente post. Muy bien escrito. Admiro tu franqueza y honestidad. Algo similar me pasó con una mascota (era un loro que se llamaba Chuchín). Mi papá odiaba al loro y con el cuento de que acá en la sierra se podía morir de frio lo mandaron donde unos parientes en Guayaquil. Tiempo después que estuve por allá nadie sabía del pobre animalito.
saludos

Víctor dijo...

Gracias hombre, hay cosas que no se dicen por miedo al que dirán, muchos no lo hablan abiertamente por conveniencia política e hipocresía, pero todo esto que he escrito está allí, latente y siempre presente entre nuestras culturas tan diferentes y distantes, no hay porque mezclarnos ni crear una cultura "Ecuatoriana" que a la larga no es nada mas que una mentira fracasada y esquizofrénica, hay cosas buenas de cada cultura pese a nuestras insalvables diferencias, yo odio todo de la sierra por considerarlos los secuestradores de Guayaquil pero amo su tauromaquia y sus plazas de toros y es a decir verdad lo único que les envidio... ¡nada mas!.

Por lo de las mascotas, ja, ja, ja, tal parece que la muerte de nuestros animales está deparada para el lado menos deseado de este maldito país.

Saludos de vuelta.

Anónimo dijo...

Víctor no deberías odiar. El odio enferma y trae como consecuencia que nuestras acciones por las que luchamos, algunas veces, terminen en errores lamentables. Respeto tu punto de vista y admiro tu forma franca de exponer las cosas, pero no apuntes tus armas contra toda la gente de la Sierra, que (a parte de quito) vive igual de sometida al centralismo de este y otros gobiernos hijos de puta. Deseo lo mejor para mi querida GUAYAQUIL, a la cual amo profundamente, sea cual fuere el destino que selle nuestros destinos.

Hasta siempre y que vivan LAICA Y CHUCHIN

Anónimo dijo...

Parece que tu odio a Quito es más grande que el amor a Guayaquil. Que mal!

F.G.A.

Víctor dijo...

F.G.A.: Estás muy equivocado por que ni siquiera es lo contrario, para tu información mi inconmesurable odio a Quito es una consecuencia lógica de mi inconmesurable amor por Guayaquil...

Anónimo dijo...

PRIMERA PARTE
Yo soy quiteño de nacimiento, nacido en la maternidad Isidro Ayora, hijo de padres quiteños, nieto de abuelos quiteños... vamos, quiteño de pura cepa. Me gusta la fiesta del toro, pero odio la feria "Jesús del gran poder". Principalmente porque los que van a la plaza, van disfrazados de vaqueros tejanos que pretenden pasar por andaluces. Además, no veo la necesidad de matar al animal, estoy de acuerdo con lo que hacen en Las Vegas.
Odio el horrible acento de los quiteños descendientes de inmigrantes de Tungurahua, Imbabura, Bolívar... Me repugna el acento cuencano, me hace vomitar, pero odio el acento de los actuales quiteños.
La mentalidad quiteña me resulta inaceptable por reducida, rancia, infantil, vulgar e inculta. A veces me parece que estoy dentro de una telenovela mexicana, no en Quito.
Odio a las quiteñas, nunca tuve novia quiteña, gracias a Dios. La mayoría de mis novias ecuatorianas ha sido manabita: de Portoviejo, de Manta, de Chone. Gracias a Dios.
Un día decidí irme a vivir y trabajar en Guayaquil para librarme de tanto quiteño y tanta quiteña idiotas. Pero llegué a una ciudad infestada de grillos, cucarachones, cucarachines, ratas, era invierno.
Los grillos son sorprendentes, aparecen por millares, una plaga, son alfombras de bienvenida en las entradas principales de los edificios de oficinas, suben en ascensor a los pisos en edificios de viviendas, se comen la ropa, hasta aterrizan en el pan de almidón con yogurt que se vende en el centro. Los cucarachines vienen cocinados en el pan cortado de "Supan". Y las ratas pululan en las calles por la noche, después de la última función de los cines, igual que las prostitutas y los transexuales. Es lindo mi Guayaquil, ¡cómo ha cambiado, gracias a Nebot, sobre todo el malecón! Es que yo vivía frente al malecón, ahí trotaba todos los días a las 6 de la mañana. Luego, desayunaba en la calle un encocado de camarón, un bollo de pescado con cocolón y un jugo de naranja. Esos morenos cocinaban muy bien... Al medio día, un encebollado, con harto limón. En Guayaquil no hay plaza de toros, pero se la pasa uno razonablemente bien, sobre todo en los malls.
Bueno. Después de intentar conquistar a varias guayacas, me di cuenta de que era más barato y más rápido satisfacer mis necesidades eróticas en la "Isla del Tesoro", en la "Odisea Romana" o en "la 18". Sí, mucho más barato, mucho más rápido y sin tanto engorro. Es que, desafortunadamente, la mayoría de las guayacas (normales, no prostitutas) siempre me pedía dinero prestado después de la tercera cita. Que para un familiar enfermo, que para pagar la hipoteca o para pagar la universidad. Extraño. Más o menos la mitad me pagaba a tiempo, el 25% nunca pagó y el 25% restante pagó en especies, en los moteles "Loro Verde" y "Mi Casa".
Así, novia guayaca en el sentido formal nunca tuve. Amantes varias. Amores imposibles un montón, porque era imposible pagar tantos caprichos, mi cuenta bancaria no era lo suficientemente grande como para afrontar el derroche por el lujo, el aire acondicionado y tanto viaje a Miami para comprar ropa y maquillaje. ¡En Guayaquil, hay que estar IN, no OUT! Prohibido.
Claro. Pronto me di cuenta de que la mujer guayaquileña ciertamente es una mujer moderna, actual, libre, independiente. ¿Ya dije actual, moderna? Sí. Así es. Pero con el dinero del marido. Independiente, sí, pero con la tarjeta de crédito del esposo. ¡Qué modernidad, qué genias! Es que la sofisticada mujer guayaca es tan inteligente, tan emancipada. Supera a la mojigata y beata quiteña. Arrasa con la ingenua y pueblerina manaba... No se puede comparar.

Anónimo dijo...

SEGUNDA PARTE
Luego, en mi trabajo descubrí a un personaje extremadamente común en Guayaquil: el chismoso. Y para mi incredulidad, no era chismosa, no era mujer, era hombre, chismoso. El chisme en Guayaquil es el deporte local. Todos lo practican, todos conjeturan, todos predicen el futuro, todos son tarotistas. ¡Uno más gitano que el otro! Es una característica inextricable de la mentalidad guayaca: hacer pornografía pública con la vida privada de los demás, inventar hediondeces sobre él prójimo, para divertirse, para tener algo que hacer. Y todos los chismes son rápidos, ultrarrápidos, como todo en Guayaquil: en la mañana se enamoró y se casó, al mediodía se peleó, en la tarde se divorció y en la noche se suicidó, pero al día siguiente muy temprano en la mañana ya le vieron en el aeropuerto con una rubia pintada y rumbo a España. ¿De verdad? ¡No! ¿Todo falso? ¡Sí!
Es que en Guayaquil son frontales. En vez de decir que son directos, francos o sinceros, dicen que son frontales, como las fachadas de las casas. Frontales de fachada nada más. Solamente para farolear, mentir, intrigar, bravuconear y fanfarronear sí son frontales. Para decir la verdad, para decir lo que piensan realmente de quienes son sus empleadores, no son frontales. Los guayacos son más bien lamebotas de quien les da empleo, de quien les paga. Siempre me inquietó aquello de que los serranos "somos hipócritas". ¿Un serrano hipócrita podría escribir este comentario? ¡YO SÍ SOY DIRECTO! Y después de vivir 2 años en esa ciudad, en ese pueblo grande, ya sé lo que hay que saber sobre él.
Finalmente, me di cuenta de que en Guayaquil hay demasiado guayaco que odia gratuitamente a los quiteños, sin ni siquiera haber estado un día en Quito o haber tenido un problema concreto con un quiteño. Lo importante es odiar al quiteño, punto. Es la cabeza de turco perfecta: "Los guayacos seríamos inmensamente felices, si no fuera por lo que los quiteños nos han hecho". Esa es la divisa, intelectualmente paupérrima. Patoso argumento: Los nazis culpan a los extranjeros de sus infortunios, los judíos culpan a los musulmanes de sus desgracias, los catalanes culpan a los madrileños de sus penas, los texanos culpan a Washington D.C. de su ignorancia y los guayacos culpan a Quito por el fenómeno del niño.
Así que por fin me harté de Guayaquil y de los huancavilcas. Y decidí irme a Manabí. ¡Bien Manabí! Guapas mujeres, buena comida, los manabas son buenos amigos. Sin tanta fanfarronería, sin tanta bravuconería, sin tanta farolería guayacas: "yo soy decidido, yo soy arriesgado, yo soy frontal, yo soy bla, bla, bla"... Puro bla, bla, bla. Guayas, Guayas, Guayas.
Me gusta Manabí. Pero... Las manabas no son cultas y la economía manabita es limitadamente agrícola. Gracias a los guayacos, que nunca permitieron el desarrollo del puerto natural de Manta, el único puerto ecuatoriano al que llegan cruceros transatlánticos (el Queen Mary 2, ...). Así es, los guayacos siempre impidieron el desarrollo del puerto natural de Manta para concentrar el comercio exterior de Ecuador en Guayaquil, un puerto fluvial frente a un pantano, la isla Santay.
Pero ya basta de anécdotas. Como yo soy ingeniero matemático, especializado en estadística e informática, y hablo alemán, decidí irme a Alemania. En Stuttgart estudié con beca un MBA de puta madre, vi jugar a Ecuador el mundial de 2006, me casé con una alemana buenísima, gano en euros y vivo en Freiburg, cerca de Suiza. Soy de izquierdas, socialdemócrata radical, al estilo alemán. Y odio al Ecuador porque es un país de mierda, con una mentalidad de mierda y un pueblo de mierda. ¡Qué bueno que me libré de tanta mierda!

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