No hay evento histórico más estudiado en la historia de la Independencia sudamericana, que el encuentro de Simón Bolívar y …San Martín en Guayaquil en Julio de 1822. No menos de 30 historiadores argentinos, chilenos, peruanos, ecuatorianos, colombianos y venezolanos han analizado tan compleja reunión, que apenas duró dos días. Conozco de media decena de libros que estudian el evento, comenzando por el del Coronel Gerónimo Espejo publicado en 1878, quien estuvo presente en Guayaquil a la llegada de San Martín.

No existe detalle alguno sobre lo que sucedió en las reuniones ni las conclusiones a que llegaron, por haberse mantenido a puerta cerrada. Hay cartas que no entran en detalle como la de Bolívar al presidente encargado de Colombia. También hay la polémica carta de San Martín al Bolívar reproducida por el francés Gabriel Lafond, que vivió en Guayaquil en aquella época. Durante más de 180 años, historiadores de numerosos países han tratado de determinar si es apócrifa o auténtica. Interesa saberlo por las implicaciones que tiene; si es auténtica significaría que San Martín fue conminado por Bolívar a cederle Perú para que el termine de Independizar el país.

La historia de las relaciones de Olmedo y San Martín se inicia cuando después del 9 de Octubre de 1820, el primero envía una misión para visitar al segundo, anunciar la buena nueva y solicitarle ayuda para liberar el resto de Ecuador. Desde esa fecha Olmedo tendría comunicación fluida con San Martín, tengo en mi poder más de 40 cartas entre ellos dos. Espejo describe el viaje de la citada misión:

”Los señores Letamendi y Villamil instruyeron al General San Martín de todos los pormenores, apoyándose en ellos para hacerle el pedido que su gobierno les había encargado con encarecimiento, en particular si fueren necesarias operaciones de guerra. En esta virtud, persuadido el general de la necesidad y conveniencia de atender esa demanda, el 9 de Noviembre de 1820, hizo marchar desde el puerto de Antón y en la misma goleta “Alcance”, al primer edecán suyo Coronel Tomás Guido, en calidad de agente diplomático o confidencial cerca del nuevo gobierno…como así mismo al General Toribio Luzuriaga, para que tomase el mando de las tropas”.

Olmedo había destituido a Escobedo (leer mi serie sobre Olmedo) por abusos de poder y enriquecimiento ilícito, actitudes reprochables que dos cientos años más tarde, todavía persisten en el sector público ecuatoriano.

Con Guido y Luzuriaga se inició la estadía de representantes militares en Guayaquil, primero de San Martín y posteriormente de Bolívar. San Martín también envió a los oficiales argentinos Gregorio Sánchez, Ventura Alegre e Hilarión Guerrero para encargarle la capacitación de las tropas creadas por Olmedo y reforzar a Sucre. Como comenté en mi serie sobre Olmedo, no fue nada fácil para él, manejarse con oficiales militares de varios países.

A los pocos días de su llegada, Espejo se dio cuenta de que Guayaquil estaba dividida respecto a su futuro: independiente, anexada a Perú o a Colombia. Espejo resume las posturas:

”Los partidos políticos en que Guayaquil estaba dividido eran tres-El primero, liberal a la moderna, que formaba la mayoría, tenía por bandera su independencia como Estado soberano; pero a condición de que, en caso que ella peligrase por alguna circunstancia imprevista, se agregaría al Perú…El segundo partido, era legitimista conversador: estaba por la dependencia del Perú, como punto de derecho; siendo menos numeroso que el anterior-Y el tercero, que eran una minoría bastante escasa, pero ultra-exaltada por Colombia llevaba de bandera su agregación a ésta a todo trance”.

Espejo escribe que las mujeres también se alinearon con las tres opciones. Las que querían permanecer independientes se vestían de azul o celeste, las que se inclinaban por anexarse a Perú, de rosado y las que preferían Colombia, amarillo y verde.

A Espejo le llamó la atención los colores seleccionados para la bandera de Guayaquil, dedicando más de una página a comentar sobre ella. Le sorprendió que no se seleccionara los colores de la bandera española, inglesa, holandesa, o la chilena con la que Cochrane llegó a Guayaquil; tampoco la colombiana. En sus palabras:

“…la insignia adoptada entonces por Guayaquil fue, sobre un cuadrilongo blanco, un cuadro azul en la parte superior en forma de escudo y encima de este una estrella blanca de cinco picos al centro. Así pues, la bandera y la cucarda vinieron a ser la azul y blanca”.

Segunda parte

Entre fines de 1821 y Enero de 1822, Guayaquil vivió días de zozobra por la actitud de las tropas colombianas acantonadas fuera de la ciudad, bajo la responsabilidad de Sucre y otros oficiales colombianos que habían llegado antes que él.

Ellas amenazaron enfrentamientos contra las tropas guayaquileñas y peruanas, lideradas por José la Mar, quien había sido enviado por San Martín. Cuando Sucre y las tropas se ausentaron para dirigirse a Cuenca, la ciudad temporalmente regresó a la calma hasta que Bolívar envió a un emisario para instruir a Olmedo ordenar enarbolar la bandera colombiana.

En febrero de 1822, San Martín organizó viaje a Guayaquil y zarpó en barco para entrevistarse con Bolívar, quien se suponía tenía planeado un viaje por esa fecha. Camino a Guayaquil, San Martín se enteró que Bolívar había pospuesto su viaje, por lo que regresó a Lima. El 17 de Junio, este último envió una comunicación a San Martín, agradeciéndole por el aporte de las tropas peruanas en las batallas de la Independencia y se ofreció para viajar a Perú y ayudarlo a luchar por la Independencia de ese país:

“ …después de los triunfos obtenidos por las armas del Perú y de Colombia, en los campos de Bomboná y Pichincha, es mi más grande satisfacción dirigir a Vuestra Excelencia los testimonios más sinceros de la gratitud con que el pueblo y gobierno de Colombia ha recibido a los beneméritos libertadores del Perú, que han venido con sus armas vencedoras a prestar sus auxilios en la campaña que ha libertado tres provincias del sur de Colombia…nuestro ejército está pronto a marchar donde quiera que sus hermanos lo llamen, y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del sur, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y hermanos de armas”.

San Martín le contestó inmediatamente el 13 de Julio, agradeciendo el apoyo y ofreció ir a verlo a Quito:

“El Perú es el único campo de batalla que queda en América, y en él deben reunirse los que quieran obtener los honores del último triunfo, contra los que ya han sido vencidos en todo el continente. Yo acepto la oferta generosa que Vuestra Excelencia se sirve hacerme…El Perú recibirá con entusiasmo y gratitud todas las tropas de que pueda disponer Vuestra Excelencia a fin de acelerar la campaña y no dejar el menor influjo a las vicisitudes de la fortuna…Ansioso de cumplir mis deseos frustrados en el mes de febrero por las circunstancias que concurrieron entonces,…Antes del 18 saldré del puerto del Callao y apenas desembarque en el de Guayaquil marcharé a saludar a Vuestra Excelencia en Quito…presiento que la América no olvidará el día que nos abracemos…”

Antes de la llegada de Bolívar a una ciudad, un equipo de avanzada organizaba y planeaba el recibimiento, algo similar a lo que hacen los jefes de Estados en la actualidad. El Coronel Espejo comenta:

“Se construyó también como a cuatro o cinco cuadras al sur de la aduana sobre la ribera del Malecón, un gran muelle provisional con una portada figurando la principal avenida de la ciudad. Luego llegó un oficial conductor del itinerario de las marchas que haría el Libertador, fijando la última jornada en el pueblo de La Bodegas de Babahoyo, y el 11 de julio hizo su entrada a Guayaquil…El gobierno mandó que la cuadrilla, compuesta de once grandes cañoneras con colisas de a 24 y otras piezas de menor calibre, formase en línea poco más arriba de Ciudad vieja, para que hiciera los primeros honores. Había despachado también a Bodegas con destino al ilustre huésped, una magnífica embarcación con veinte remeros, ornamentada con toldo y almohadas de damasco mordoré con franjas y flecaduras de oro…Es difícil repetir un panorama más pintoresco que el que ofrecía en esa mañana el río de Guayaquil, por el inmenso número de velas y banderas esparcidas sobre aquella superficie, imprimiéndole el aspecto de un verdadero jardín”.

Espejo narra con lujo de detalles todos los eventos preparados para la llegada de Bolívar, incluyendo la forma cómo vestía Bolívar; nunca antes se había visto algo tan apoteósico. Llegó acompañado de militares como Sucre y Bartolomé Salom, quien reemplazaría a Sucre cuando éste se fue a pelear a Perú. También llegó con sus edecanes, incluyendo al irlandés O’Leary. En estos eventos, Bolívar se sintió molesto de que la bandera de Colombia sólo haya estado izada durante las salvas disparadas por los cañones dándole la bienvenida. Los festejos diurnos y nocturnos, que incluyeron almuerzos, cenas y bailes, duraron un par de días. En ellos participaron los miembros del Gobierno Provisorio y las personas más representativas de la ciudad. Entre los anfitriones estuvieron Manuel Antonio Luzarraga y Bernardo Roca, prósperos empresarios.

Tercera parte

Entre la llegada de Bolívar a Guayaquil y la de San Martin a Puná, transcurrieron aproximadamente dos semanas. Este último arribó en la goleta Macedonia el 25 de Julio de 1822, encontrándose a la llegada con Olmedo y comitiva, quienes habían tomado la decisión de salir de Guayaquil, por temor a represalias de Bolívar y tenían a Lima como destino. Tan pronto Bolívar conoció de su arribo le envió a dos de sus edecanes para acompañarlo a Guayaquil, al día siguiente.

El pueblo de Guayaquil recibió con entusiasmo a San Martín y un batallón apostado a lo largo del Malecón le hizo los honores. Bolívar lo esperaba y salió a su encuentro de gran uniforme, rodeado de su estado mayor, al pie de la escalera de la casa de Manuel Antonio Luzarraga, donde San Martín se hospedaría. Bartolomé Mitre, famoso historiador argentino del siglo XIX comenta: “Los dos grandes hombres de la América del Sur se abrazaron por primera y por última vez. “. Bolívar habría exclamado: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín”. Bolívar le presentó a todos sus generales, especialmente a Sucre, con quien San Martín había mantenido correspondencia.

Bolívar y San Martín tuvieron tres reuniones; la primera tan pronto terminaron los honores del recibimiento y las presentaciones de los militares y personas claves. Se quedaron solos y de pié, paseándose por el salón. La reunión duró noventa minutos. Mitre comenta:

”Bolívar parecía inquieto; San Martín estaba sereno y reconcentrado. Cerraron la puerta y hablaron sin testigos por el espacio de más de hora y media. Abrióse luego la puerta: Bolívar se retiró impenetrable y grave como una esfinge, y San Martín le acompañó hasta el pie de la escalera con la misma expresión, despidiéndose ambos amistosamente”

Ese mismo día, San Martín visitó a Bolívar y hablaron nuevamente a solas durante media hora.

Mitre analiza cómo se vieron estos dos titanes de la Independencia de nuestra región:

“La impresión que a primera vista produjo Bolívar en San Martín, fue de repulsión, al observar su mirar gacho, su actitud desconfiada y su orgullo mal reprimido. Tal vez leyó su propio destino en la mirada encapotada de su émulo, al encontrarse con otro hombre distinto del que se imaginaba a la distancia, y al chocar con una ambición con que no había contado. Sin embargo, lo penetró a través de su máscara. Bolívar, más lleno de sí mismo, miró a San Martín de abajo arriba, y sólo vio la cabeza impasible que tenía delante de sus ojos, sin sospechar las ideas que su cráneo encerraba, ni los sentimientos de su corazón. Vio simplemente en él un hombre sin doblez, un buen capitán que debía sus victorias más a la fortuna que a su genio. Así se midieron mentalmente estos dos hombres en su primer encuentro”.

Al día siguiente, el 27, San Martín ordenó embarcar el equipaje en su goleta y anunció que a la noche zarparía de Guayaquil, después de un gran baile en su honor. Seguramente el contenido de sus primeras dos reuniones no habían sido de su agrado. San Martín pensó que se encontraba en igual de condiciones que Bolívar. Pero como bien señala Mitre, las diferencias de poder eran superiores a favor de Bolívar:

“Antes de Pichincha, Bolívar, triunfante en el norte, era el más fuerte; después de Pichincha, era el árbitro y podía dictar sus condiciones de auxilio al sur. San Martín se hacía ilusión al pensar que era todavía uno de los árbitros de la América del Sur y al contar con que Bolívar compartiría con él su poderío político y militar y que ambos arreglarían en una conferencia los destinos de las nuevas naciones por ellos emancipadas, una vez terminada por el común acuerdo la guerra del Perú, como había terminado la de Quito. Sin más plan, se lanzó a la aventura de su entrevista con el Libertador, que debía decidir de su destino, paralizando su carrera. Si alguna vez un propósito internacional, librado a eventualidades futuras, fue claramente formulado, ha sido ésta; y si alguna vez se comprometieron declaraciones más avanzadas de orden trascendental sobre bases más vagas, fue también en ésta”.

San Martín se reunió en casa de Bolívar y encerrados solos permanecieron cuatro horas hablando en secreto. A las 5 de la tarde, sentábanse uno al lado del otro a la mesa de un espléndido banquete. Al llegar el momento de los brindis, Bolívar se puso de pie, invitando a la concurrencia a imitar su ejemplo, y dijo: “Por los dos hombres más grandes de la América del Sur: el General San Martín y Yo”. San Martín a su turno contestó modestamente, pero con palabras conceptuosas que parecían responder a una preocupación secreta: “Por la pronta conclusión de la guerra, por la organización de las diferentes repúblicas del continente, y por la salud del Libertador de Colombia”. Después del banquete, San Martín se retiró y trasladó a donde estaba hospedado. A las 21h volvió a salir para presentarse al baile promovido por el Cabildo.

Bolívar era gran bailarín y no perdía la oportunidad de mostrar sus habilidades con las mujeres. San Martín se mantuvo como espectador hasta la una de la madrugada en que se acercó a Guido, uno de sus representantes en Guayaquil y le manifestó que estaba listo para trasladarse al muelle y le hizo señal a Bolívar de que dejaría el baile, saliendo por una puerta secreta sin que los invitados se dieran cuenta.

Estando en Puná de regreso a Lima, San Martín comentó con los generales que lo acompañaron a Guayaquil:

“¡El Libertador nos ha ganado de mano! Mas espero que Guayaquil no será agregado a Colombia porque la mayoría del pueblo rechaza esa idea…”

Cuarta parte

Al analizar los roles de Bolívar y San Martín en las reuniones que tuvieron lugar en Guayaquil entre el 26 y 27 de Julio de 1822, los estudiosos de este período consideran que Bolívar preparó la entrevista con antelación. Él se aseguró de llegar primero, ocupar la ciudad con sus tropas, destituir al Gobierno Provisorio de Olmedo y nombrarse Jefe Supremo. Todo esto lo hizo sin conocer la ciudad, ni a los guayaquileños, quienes conocían de él a través de escasas noticias publicadas por el periódico El Patriota de Guayaquil. San Martín se había embarcado para Guayaquil en Febrero, pero se regresó al Callao, al conocer que Bolívar no tenía planeado visitar Guayaquil por esa fecha.

Bolívar tuvo el poder de la palabra y la manejó para lograr sus objetivos. Por un lado expresaba admiración por sus adversarios y los hacía sentir importantes para ganarse la confianza, pero sus acciones autoritarias deslegitimaban sus intenciones. Al llegar a Puná, San Martín recibió una carta de Bolívar en la que le manifestaba:

“Es con suma satisfacción, dignísimo amigo y señor, que doy a Vd. por primera vez el título que mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo a Vd. y este nombre será el solo que debe quedarnos por la vida, porque la amistad es el único vínculo que corresponde a hermanos de armas, de empresas y de opinión; así, yo me doy a enhorabuena, porque Vd. me ha honrado con la expresión de su afecto”.

“Tan sensible me será que Vd. no venga hasta esta ciudad como si fuéremos vencidos en muchas batallas; pero no, Vd. no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria. ¿Cómo es posible que Vd. venga de tan lejos, para dejarnos sin la posesión positiva en Guayaquil del hombre singular que todos anhelan conocer y, si es posible, tocar?”

“No es posible respetable amigo; yo espero a Vd., y también iré a encontrarle donde quiera que Vd. tenga la bondad de esperarme; pero sin desistir de que Vd. nos honre en esta ciudad. Pocas horas, como Vd. dice, son bastantes para tratar entre militares, pero no serán bastantes esas mismas horas para satisfacer la pasión de la amistad que va a empezar a disfrutar de la dicha de conocer el objeto caro que se amaba sólo por opinión, sólo por la fama”.

El contenido de la carta da a entender que Bolívar necesita de San Martín, de la misma manera como este último, lo confiesa en una carta enviada a Bolívar semanas atrás:

“Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador de Colombia; la enérgica terminación de la guerra que sostenemos, y la es del destino a que con rapidez se acerca la América, los hacen nuestra entrevista necesaria, ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa… En los últimos años he estado ocupado constantemente contra los españoles, o mejor dicho, a favor de este país (Perú), porque yo no estoy contra nadie que no sea hostil a la causa de la Independencia. Todo mi deseo es que este país (Perú) se maneje por sí mismo y solamente por sí mismo. En cuanto a la manera de gobernarse, no me concierne en absoluto. Me propongo únicamente dar al pueblo los medios de declararse independiente y de establecer una forma de gobierno adecuada; y verificado esto consideraré hecho bastante y me alejaré…”

San Martín conocía que sin la ayuda de las tropas de Bolívar no estaría en condiciones de acabar con los españoles, afianzar su poder y consolidar la región llegando a acuerdos políticos. Él llegó a Guayaquil porque se estaba debilitando en el frente interno debido al descontento de sus tropas que amenazaban con sublevaciones y porque los ejércitos realistas lo superaban en número de soldados. No tenía otro camino que entrevistarse con Bolívar. Bernardo Irigoyen, uno de los más importantes biógrafos de San Martín, en su libro, Recuerdos del General San Martín, publicado en 1851, comenta sobre la entrevista:

“Ha sido tema de diferentes interpretaciones la conferencia de Guayaquil. Parece sin embargo que San Martín llevó a ella dos ideas primordiales. Obtener la cooperación de Bolívar para poner término a la guerra del Perú, y asegurar a esta república, el importante puerto de Guayaquil. Pero Bolívar demostró desde el principio, su firme resolución sobre este punto, y con la desenvoltura y audacia que lo distinguía sometió a Guayaquil a su autoridad para incorporarlo a Colombia”.

San Martín llegó a Guayaquil confiado en que se entendería con Bolívar, pero sucedería todo lo contario, cuando al día siguiente de estar en Guayaquil ordenó a su gente prepararse para zarpar en la noche. Lejos de obtener apoyo, San Martín zarpó debilitado al Perú. Bolívar condicionó su ayuda y le puso obstáculos muy difíciles de superar. Regresó a Perú teniendo en mente renunciar antes de terminar con la última etapa de la Independencia y dejar ese país para siempre. En la quinta parte de esta serie, transcribiré lo que Mitre, el más famoso de los historiadores argentinos del siglo XIX, llamó el “testamento político” a la polémica carta de San Martín a Bolívar, poco tiempo antes de abandonar Perú.

Irigoyen hace referencia que a pesar de San Martín haber sido recibido suntuosamente por Bolívar, se dieron episodios ingratos “propios del encuentro de dos hombres, que aunque consagrados a la misma causa, abrigaban interiormente la rivalidad de una gloria en perspectiva, la de mandar disparar los últimos cañonazos que debían cimentar el triunfo de la libertad ó independencia de América”.

Quinta parte

Uno de los eventos más polémicos en la historia de América del Sur es la agenda tratada por Bolívar y San Martín durante los dos días de reuniones que tuvieron a puerta cerrada en Guayaquil. Como no hubo testigos, se desconoce el contenido de las conversaciones y acuerdos alcanzados.

Existen una carta de Bolívar a Santander, otra del Secretario de Bolívar al Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, una de Bolívar a Sucre y la polémica misiva del 29 de Agosto de 1822 de San Martín a Bolívar, publicada en 1843, veinte y un años más tarde, en la obra de Lafond de Lurcy, francés que vivió en Guayaquil durante la reunión de los dos personajes. La autenticidad de la carta de Agosto de 1822 ha sido cuestionada durante casi dos siglos. Los más prestigiosos historiadores sudamericanos del siglo XIX, XX y lo que va del XXI han estudiado detenidamente el contenido y emitido sus conclusiones. La mayoría afirma que es auténtica. El estudio más reciente es de Jorge Paredes, historiador peruano. La citada carta es polémica porque difiere notablemente de las demás, en ella San Martín critica a Bolívar en duros términos:

“Le escribiré, no sólo con la franqueza de mi carácter, sino también con la que exigen los altos intereses de la América. Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra.

Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa.”

“Las razones que me expuso, de que su delicadeza no le permitiría jamás el mandarme, y que, aún en el caso de decidirse, estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, no me han parecido bien plausibles. La primera se refuta por sí misma.

En cuanto a la segunda, estoy persuadido, que si manifestase su deseo, sería acogido con unánime aprobación, desde que se trata de finalizar en esta campaña, con su cooperación y la de su ejército, la lucha que hemos emprendido y en que estamos empeñados, y que el honor de ponerle término refluiría sobre usted y sobre la república que preside.

No se haga ilusión, general. Las noticias que tienen de las fuerzas realistas son equivocadas. Ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota diezmado por las enfermedades, no puede poner en línea sino 8.500 hombres, en gran parte reclutas”.

“La división del general Santa Cruz (que concurrió a Pichincha), cuyas bajas no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones, ha debido experimentar una pérdida considerable en su dilatada y penosa marcha por tierra, y no podrá ser de utilidad en esta campaña. Los 1.400 colombianos que envía, serán necesarios para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima.

Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios, no podrá alcanzar las ventajas que debieran esperarse, si fuerzas imponentes no llamasen la atención del enemigo por otra parte, y así, la lucha se prolongará por un tiempo indefinido Digo indefinido, porque estoy íntimamente convencido, que sean cuales sean las vicisitudes de la presente, la independencia de la América es irrevocable; pero la prolongación de la guerra causará la pena de sus pueblos, y es un deber sagrado para hombres a quienes están confiados sus destinos, evitarles tamaños males”.

“En fin, general, mi partido está irrevocablemente tomado. He convocado el primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiera sido colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad. ¡El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse! No dudo que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará su activa cooperación, y pienso que no podrá negarse a tan justa demanda”.

“Le he hablado con franqueza, general; pero los sentimientos que exprime esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos, para soplar la discordia”.

Con quien llevó la carta, San Martín envió una escopeta, dos pistolas y un caballo de paso ofrecido para las futuras campañas. Los regalos incluyeron la siguiente nota:

“Admita, general, este recuerdo del primero de sus admiradores, con la expresión de mi sincero deseo de que tenga usted la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud”.

Un mes después, San Martín dejaba Perú para siempre, después de haber organizado el Congreso y renunciado.

En la última parte de esta serie describiré las personalidades de Bolívar y San Martín, según sus contemporáneos.

Sexta parte

La actitud de San Martín de retirarse de Perú y dejar a Bolívar para que él solo, enfrente las últimas batallas y logre la Independencia del resto de Perú con la batalla de Ayacucho en 1824, ha sido analizada por numerosos historiadores argentinos, chilenos y peruanos. Muchos de su época, la consideraron derrotista y humillante. No lograron entender la drástica decisión de San Martín. El Instituto Nacional Sanmartiniano de Argentina expresa su pensamiento sobre el tema, en el ensayo Lo esencial de la entrevista de Guayaquil:

“Al término de las conferencias, San Martín le propone a Bolívar ser prudentes y mantener en reserva los resultados de la conversación. ¿Por qué callar? ¿Cuál es la razón del secreto? Es por un noble propósito: se requería guardar silencio para mantener incólume la unidad sudamericana. A juicio de San Martín, los resultados de la entrevista son desconsoladores. La desinteligencia era manifiesta puesto que no se había logrado el acuerdo para que ambos Libertadores terminaran, juntos y prontamente, la guerra de la independencia. San Martín se retira voluntariamente del escenario de sus triunfos. Hace un verdadero sacrificio por amor a América independiente, dejando libre el camino para que Bolívar apresure sus pasos y conquiste la independencia definitiva. El silencio varonil de San Martín no es debidamente comprendido y surge una leyenda de las tinieblas. Se dice que San Martín, vencido por el genio de Bolívar, se ve obligado a emprender el ostracismo. Falsa apreciación de la realidad. Pero importa poco. San Martín sabía que las nuevas generaciones de americanos y la historia juzgarían, con verdad y justicia, su actitud de hombría de bien.”

Dos cartas de San Martín, escritas en años posteriores, dan luces a su actitud tan duramente cuestionada. El 19 de abril de 1827 escribió desde Bruselas a William Miller, general inglés que primero peleó junto a San Martín y luego con Bolívar, escribiendo posteriormente sus memorias sobre las guerras de la Independencia:

“En cuanto a mi viaje a Guayaquil, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú. Auxilios que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por lo que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha se había aumentado con los prisioneros y contaba con 9.600 bayonetas. Pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el Libertador me declaró que, haciendo todos los esfuerzos posibles, sólo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza total de 1.070 plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz colaboración de todas las fuerzas de Colombia. Así es que mi resolución fue tomada en el acto, creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del Perú.”

El 11 de setiembre de 1848, en carta a Ramón de Castilla, quien fue Presidente de Perú:

“Yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndola puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me convenció (no obstante sus protestas) que el solo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando no era otro que la presencia del general San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme bajo sus órdenes con todas las fuerzas que yo disponía. Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de Colombia, la guerra de la independencia hubiera terminado en todo el año 23. Pero este honroso sacrificio, y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) de los motivos que me obligaron a dar ese paso, son esfuerzos que Ud. podrá calcular y que no está al alcance de todos poderlos apreciar.”

San Martín y Bolívar tuvieron personalidades diametralmente opuestas, de acuerdo a las descripciones de personas que los conocieron. En las memorias de funcionarios del gobierno de Bolívar, militares, historiadores contemporáneos y edecanes extranjeros cercanos a Bolívar, critican duramente la forma de ser de Bolívar. En la última parte de esta serie, transcribiré sus comentarios sobre Bolívar y San Martín, este último tiene menos críticos

Septima parte

Quienes conocieron en persona a Bolívar y San Martín, vivieron en su época, o se enteraron de ellos a través de terceros, escribieron comentando sobre su personalidad, conducta, forma de actuar, puntos de vista, etc. Del que más se expresaron fue del primero considerando la enorme cantidad de libros que existen sobre él. Los historiadores contemporáneos tienen similares opiniones.

El Coronel Espejo quien escribió La Entrevista de Guayaquil y asistió a uno de los banquetes en homenaje a Bolívar y San Martín, los describió así:

“Lo que advertimos desde el primer instante fue la diferencia de estatura entre uno y otro: Bolívar bajo y delgado, cuando San Martín era alto y corpulento. El primero ostentaba con profusión el lujo militar de sus entorchados, contrastando con la sencillez espartana del segundo, que en los actos más públicos se presentaba con su casaca llana…sin condecoración alguna”

Riva Agüero, primer Presidente de Perú, fue muy duro en sus críticas a Bolívar en su vida pública y privada:

“Este hombre cruel, sin fe, sin honor, sin reconocimiento y sin ninguna virtud…” Ducoudray Holstein, official aleman-francés que estuvo bajo las órdenes de a Bolívar, en su libro Memorias de Bolívar publicadas en 1829, lo describió como una persona:

“…vanidosa, ambiciosa, audaz, hábil en encontrar maneras para intrigar y lograr sus propósitos…siempre ansiosa de salvar su reputación y celosa en preservar su autoridad. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas.”

Gabriel Lafond, francés que estuvo en Guayaquil, cuando Bolívar y San Martín se reunieron, en su libro Viajes alrededor del mundo, describió la opinión de este último con relación a Bolívar en los siguientes términos:

“Los signos más característicos eran un orgullo muy marcado, lo que presentaba un contraste con no mirar de frente a la persona que hablaba, a menos que no fuese muy inferior. Su falta de franqueza me fue demostrada en las conferencias que tuve con él en Guayaquil, en las que jamás contestó a mis preguntas de un modo positivo y siempre en términos evasivos. El tono que usaba con sus generales era extremadamente altanero y poco digno de conciliarse su afección. Su lenguaje era a veces un poco grosero, pero me pareció que este defecto no le era natural, que sólo quería darse de este modo un aire más militar. La opinión pública lo acusaba de una ambición desmedida una sed ardiente de mando, reproche que él mismo se ha cuidado de justificar por completo. Noté y él mismo me lo dijo, que su principal confianza la depositaba en los jefes ingleses que tenía en su ejército; por otra parte, sus maneras eran distinguidas y demostraba haber recibido una buena educación…”

Carlos Marx escribió en 1857 para el New York Tribune sobre la vida de Bolívar:

“Se proclamó Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela, creó la “Orden del Libertador”, formó un cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos para reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se transformó en descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo dispusieron de tiempo para rehacerse.”

Indalecio Liévano, historiador colombiano de la primera mitad del siglo XX, comentó de los dos personajes:

“San Martín, frío y realista —con ese realismo que sirve para apreciar los hechos inmediatos Bolívar ha demostrado, en cambio, el optimismo característico de los conductores acostumbrados a sentir el respaldo de los pueblos tras de sus decisiones.”

Abel Posse del Instituto Sanmartiniano de Perú, describe a Bolívar y San Martín de la siguiente manera:

“Eran dos hombres muy opuestos. Bolívar se movía con gestos rápidos y nerviosos; por momentos se erguía muy estirado, como suelen hacerlo los que tienen una estatura inferior a la media. Asumía con sublimidad de senador romano su figura de dimensión histórica.

Hablaba con energía y precisión. Se había formado en la riqueza. Conocía los clásicos y las vanguardias europeas. Se sentía ungido para una misión y estaba en el cenit de sus éxitos. Amaba los caballos, los libros, los dioses grecolatinos, la grandeza, las mujeres, las ideas liberales y republicanas de la Ilustración. Su amante incomparable era Manuela Sanz, vestida con uniforme de húsar, chaqueta roja y doble hilera de botones dorados. Cabellera negra derramada hasta enredarse en las charreteras color oro. San Martín era circunspecto, poco sonriente, no era hombre de evocaciones ni de nostalgias y adusto como el mismo Escorial.”

John Lynch, el más famoso historiador inglés sobre la vida de Bolívar, afirma:

“Bolívar fue un hombre excepcionalmente complejo, un libertador que desdeñaba el liberalismo, un republicano que admiraba la monarquía”

Los fanáticos de Bolívar han hecho de él un mito, seguramente tuvo virtudes, pero sus defectos fueron superiores y le faltó el liderazgo necesario para unificar a las repúblicas independizadas. Su herencia fue sembrar un caos político que todavía no concluye.